La oscuridad se cernía sobre las calles de Capri. Las farolas crepitaban, amenazando con apagarse. Un ardor por todo el cuerpo me quemaba desde dentro. ¿Acaso estaba, tal vez, infringiendo la ley de Capri? Desde que llegaron aquellos monstruos nadie salía de su casa a partir del toque de queda, que se produce a las diez de la noche. No por ley, sino por miedo. Tienen miedo a que les ataquen, a que les roben, tal vez a que los asesinen. A estas horas, todas las luces de las casas están apagadas, y las puertas con el cerrojo bien hechado. Sólo hay un pub abierto a estas horas en todo Capri, aunque antes habían muchísimos, y todos llenos de gente, sobre todo los sábados. Hoy era sábado. Y era justo cuando a los monstruos les gusta más salir a alimentarse. Las letras del pub Gasolina, el mejor pub de todo Capri, se iluminaban a trompicones, y algunas letras estaban apagadas o gastadas. El letrero ahora rezaba: GOLA; ya que las otras letras se habían extinguido. El pub ya estaba en la bancarrota, a pesar de ser el pub que estaba más de moda. Ahora ya no había nada que hacer. La mayoría de pubs estaban cerrados de por vida, sólo el Gasolina abría los sábados, a pesar de que nadie iba, e incluso suponiendo un peligro para los trabajadores, porque si a los monstruos les daba por entrar al pub a alimentarse... Al menos el jefe no tendría que volver a pagarles. Creo que a llegado la hora de contratos qué son exactamente los monstruos. No son lo que estáis imaginando, lo típico, un monstruo peludo y gigante con la boca abierta, con miles de dientes y con tres o cinco filas de ellos, o de colores diversos, gigantes, un arma masiva para acabar con la gente, o algo parecido. Pues no, los monstruos de Capri, simplemente, son un grupo de chicos y chicas caníbales, es decir, se comen la carne de otras personas. Hacer algo así es inhumano, lo sé, pero en fin, cuando has visto cuerpos mugrientos con marcas de que alguien se los ha estado comiendo, te empiezas a creer y a replantear muchas cosas, créeme. Seguí avanzando hasta mi calle, y hasta que no llegué a mi casa no volví la vista del horizonte. Tenía pensado caminar más allá del valle oscuro, para visitar el refugio de los monstruos, que ahora, la mayoría les llamaba Méados, nadie sabe el por qué, pero todo el mundo los llama así.Decidí seguir caminando, aunque eso no significaba que no tuviera miedo, tenía muchísimo miedo.
La guarida de los Méados se encontraba en el bosque, justo antes de llegar a la bahía de Capri.
No sabía aún por qué iba hasta allí, era un suicidio. Tal vez, quería demostrarle a mi padre que tenía valor, quizá quería espiarles, o saber qué eran exactamente, además de seres caníbales.
Me adentré en la penumbra del bosque, oscura como la boca del lobo. Una vez dentro de la espesura, sentí una corriente de aire. Me caló hasta los huesos, y sentí la extraña sensación de que era una brisa sobrehumana, no como la brisa que sopla en Capri las tardes de verano.
Me giré hacia atrás, creí haber escuchado un ruido. Sin embargo, no había nada anormal. Sólo unas cuantas sombras que danzaban en la oscuridad. De pronto, unas extrañas luces, como de hogueras, me rodearon. Sentí mi pulso creciendo, mi corazón latía deprisa.
Ahora sabía que había llegado a la guarida de los Méados. Estaba todo cubierto por árboles negros, formando un óvalo justo en torno a mí, y detrás mía había una casucha, una pequeña estancia mugrienta, lo que me recordó que allí, en el claro del bosque, había vivido Joseppe, un italiano de edad avanzada, bastante tranquilo, y que se había retirado a vivir a una caseta en el bosque después de su llegada a Capri. Me caía muy bien, y, por aquellas, ya era bastante viejo. Su edad rondaba a los setenta, pero debido a su trabajo de joven y que cuando volvió seguía ejercitándose recogiendo leña para su vieja chimenea, seguía en buena forma para su edad. No se había sabido nada de él desde la llegada de los monstruos. Mierda. Así qué ya sabía que le había pasado. Los Méados habían ocupado su caseta. Me vengaría de ellos, por Joseppe y por todas sus víctimas.
En seguida me lamenté de haber ido hasta allí. Sabía que no volvería viva de aquel lugar.
Entonces se acercó una sombra hacia mí sigilosamente. Y pronto un dolor intenso me inundó la cabeza. Se volvió todo negro. Y creí escuchar unas voces que discutían sobre la mejor forma de matarme. Qué bien.
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